Feliz ani♥️ersario

Puede hacerlo de muchas formas. Invitarte a cenar, a una copa o a unas tortitas en Vips. Puede organizar una escapada sorpresa a un hotel con encanto para los dos. Puede regalarte ese reloj que siempre quisiste. Puede dejarte post-it en el espejo del cuarto de baño deseándote un buen día. Puede, también, comprarte esa mega caja de herramientas que nunca usarás pero que tanta ilusión te hace. Puede, digo, demostrártelo con muy distintas acciones. Puede, incluso, ir, sin avisar, a buscarte al trabajo y llevarte al cine a ponerte morado de palomitas. Llevarte a un concierto de ese grupo que te encanta pero que a ella, tal vez, no tanto. Conseguirte entradas para la final de la Cahampions. Puede apuntarte a una cata de cervezas. Puede decírtelo de muchas formas. Puede llevarte el desayuno a la cama. Puede decirte “te quiero” en cualquier idioma. Puede mandarte el monigote amarillo lanzando besos por mensajes de whatsapp. Puede, incluso, no decírtelo y aún así hacértelo saber. 
Pero… ¡lo que no puede hacer es esto!

  

 
Alquilar un cartel publicitario en una de las rotondas con más tráfico de la zona y meter dentro de un corazón aquella foto que os hicisteis en la boda de unos amigos. Acompañarlo con fotos de tus vacaciones, celebraciones… Y poner un “Feliz aniversario al amor de mi vida – mi primer y único amor” en un inmenso tamaño de letra para que todo el mundo lo lea. Vale que demostrarle tu amor en público está muy bien, pero todo tiene un límite. LÍMITE. En este caso, el marido de Stephanie se ha pasado tres pueblos. ¿Tres? Se ha pasado tres provincias… Tres paises… ¡Tres mundos! Sé de uno que al que si le hacen esto se muere. Pero se muere de verdad. Si de verdad me quieres, prefiero unos limpiaparabrisas nuevos para el coche, ya que parece que no va a dejar de llover, a que pongas mi barbuda cara en cualquier rotonda de España. 

Dicho todo esto, no puedo dejar de felicitar a este horripilante y cursi matrimonio y desearles un muy feliz aniversario. Espero que la borrachera del día en que decidió colgar eso ahí fuese tan grande como la vergüenza ajena que he pasado al verlo. 

Happy Anniversary! 

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Bachelet

Por motivos de trabajo tuve que pasar tres días en Ecuador. Me quedé en el Swissôtel Quito. El hotel estaba más o menos lleno. Sobre todo de cantantes. Cantantes absolutamente desconocidos por mí. Debía de haber algún concierto o algo en la ciudad ya que la recepción del hotel era un ir y venir de furgonetas con músicos de todo tipo. Guitarras, trompetas, baterías. Todas enfundadas en sus cajas negras, subían y bajaban a cualquier hora por los ascensores. 

El segundo día, salí a cenar y de vuelta al hotel vi que había muchas luces rojas y azules a la altura del hotel. Pensé que algo habría pasado. Al llegar a la entrada del hotel me di cuenta que ese algo no era grave sino importante. Policías, militares de todos los rangos, agentes de seguridad con pinganillo en la oreja. Alguien gordo estaba en el hotel. O eso pensé. Intenté entrar en el vestíbulo del hotel y un amable señor con un pin de la bandera chilena en la solapa de su chaqueta me dijo que esperase fuera. Por fin apareció. Michele Bachelet, presidenta de Chile se bajó de un Lexus blindado escoltada por un gran séquito de personas y personalidades. Entró. Desapareció. Y pude entrar. 

  
Hoy por la mañana salimos a la calle para coger un taxi e ir a la Fundación Guayasamín. En la puerta del hotel seguía aprcado el Lexus de Bachelet con sus dos banderas. Pasamos la mañana allí, disfrutando de la obra de Oswaldo Guaysamín. Sus cuadros de la Ira, sus retratos, sus esculturas. Una maravilla. Al volver al hotel el coche ya no estaba. Descansamos un rato y al salir para hacer unas compras, mientras esperábamos a que dejase de llover, otro señor con pin chileno en la solapa se acercó y comenzamos a hablar de España, Chile, de que si yo ya había coincidido en un hotel de Buenos Aires con la Presidenta Bachelet… “¿Quieres saludarla?” Imposible, no está. “Aguarda un minuto que está por llegar”. Así hicimos. Esperamos. Me pidió un favor. “No me vayas a dejar mal. Me metes en un lío.” Tranquilo. Tranquilo. ¿Tranquilo? No sabía con quién estaba hablando. No me conocía. 

Llegó el Lexus precedido de varios todoterrenos. Se bajó del coche. El agente, mi agente, me hizo un gesto con la cara para acercarme a ella y así hice. El atasco de uniformes militares de todos los colores era descomunal. Levanté la mirada un segundo y pensé “la que estás liando”, había, fácilmente, cuarenta personas esperando la entrada al hotel de la presidenta para poder pasar ellos. Yo era el motivo de espera. Me presenté, le dije que era de España. Me preguntó el porqué de mi estancia en Ecuador. Le conté que ya coincidimos hace un año o dos en Buenos Aires, y que por favor dejasemos de hacerlo pues empezaba a ser sospechoso. Se rió. Nos reímos. El séquito hizo lo propio. Nos despedimos. Y mi relación con Doña Michele acabó. He de decir que es bastante simpática y agradable. He de decir, también, que tampoco hice por que no lo fuera. 

El cielo dejó de soltar agua y caminamos hacia el Mercado Artesanal. Una de las personas que venía conmigo me dijo que hizo unas fotos del momento Bachelet. Las vimos, nos reímos. Las vuelvo a ver al llegar al hotel y me doy cuenta que “mi agente” sí que me debía de conocer un poco. No se fiaba ni un pelo. No hay más que ver el gesto de “ojo con lo que le dices a mi Jefa” que puso al verme hablando con ella. 

Una anécdota más. La última. ¿La última? No. No creo. 

   
    
    
 

¿Doble capa? ¡Doble rollo!

– ¡¡Papá!! ¡No queda papel! 

Esto pasa en todas las casas. ¿Cuantas veces has ido a “leer” un rato y te has dado cuenta al final que lo que cuelga de la pared es de color cartón y no blanco como esperabas? Aunque lo neguemos, todo lo que comemos entra por arriba y sale por abajo. Vamos, que todos somos jardineros y hemos plantado pinos, chopos e incluso algún que otro roble. 

Bien, llegado el momento crítico del rollo vacío hay una única solución: comprar más. Podemos probar alternativas, pero el papel higiénico es uno de los inventos más revolucionarios. Fueron los chinos, ¿cómo no?, allá por el siglo II A. C., quienes ya usaban láminas de papel. Los romanos usaban lana empapada en agua de rosas. Los franceses, encaje y sedas (¡!). En 1857, un tal Gayetty, empezó a comercializarlo en láminas. Y, fueron los hermanos Scott quienes, por fin, lo enrollaron en 1880. 

Dicho todo esto, nunca viene mal algo de culturilla general aunque sea para quedarte con la gente en una partida de Trivial (¿se sigue jugando al Trivial?), vuelvo a hoy. Decía que nos quedamos sin papel en casa. En mi lista de “things-to-do” destacaba en letras mayúsculas, en negrita y subrayado, ir a comprar papel. Le seguían varias cosas más que no vienen a cuento. Pues hoy he ido a comprar el dichoso papel. Primera sorpresa, hay docenas de marcas. Cada una de ellas tiene docenas de variedades. Y cada variedad viene en paquetes normales, familiares o para gente descompuesta (¡72 rollos!). Como me conoce bien me dijo que lo comprara de “doble algo”. Resulta que la cosa se complicaba. Me planté delante de las estanterías de papel enrollado. Descarté los de colores. No molan nada. Descarté los rugosos, me pega que por el tamaño y dibujos serían de cocina. Seguí buscando. Vi unos que me recordaron al papel de secarse las manos en las gasolineras. Esos te tienen que dejar el culo con más cicatrices que la cara de Rambo en cualquiera de sus películas. Los siguientes eran los míos. Doble capa. Eso me suena. Seis marcas. Descarto alguna. Y me quedo entre dos. Al final, como los niños, pinto pinto gorgorito. “Papel higiénico doble capa/folha dupla (todo lo relacionado con el aseo viene en portugués, sin comentarios) compacto X 6”. Este es el que me han encargado. Paso por caja. 1,98€. 

Orgulloso como si hubiese comprado el chollo de los chollos, le mando un mensaje y le digo que “todo ok, podemos seguir cagando tranquilos en casa”. Me pregunta que qué he comprado, me conoce demasiado bien. Se lo digo. “Pero, ¿doble rollo?” ¡Doble rollo! ¿Eso qué es? Mi cabeza se quedó con “doble”. Doble o nada. Pues nada. La he cagado, con seis rollos de papel de doble capa, pero la he cagado. Resulta que no era doble capa. Diez minutos discutiendo sobre el papel, mensaje va, mensaje viene. 

Y digo yo, ¿no pueden normalizar el tema del papel? ¿Unificar criterios? ¿Para qué tantos tipos? Vale que esa parte del cuerpo es sensible, que no queremos lijas pasando por ahí una o dos veces al día, pero ¿acaso es tan importante darle más de dos minutos de tiempo a la elección de algo que se va llenar de deshechos y que no va a hacer otra cosa que irse por el subsuelo de tu ciudad? Que, digo yo, que un kleenex, al fin y al cabo, tiene que durarte algo más. Que un papel de cocina tiene que empapar y no se qué más. Pero ese papel, el que enrollaron los Scott no vale más que para una cosa. 

Pues, mira, a mi me ha dado para discutir un rato con mi mujer, nos hemos reído un rato, y ahora para contároslo. ¡Bendita variedad!

Y tú, ¿cual usas? 

PD: Mañana iré a ver qué es eso del doble rollo. 

Copia cien veces…

Me castigó un verano a traducir El Principito del francés al español. Todo lo que sabía decir en francés era güi. Bendito diccionario. Pena que no existiese el traductor de Google en aquella época. 

Copié cien veces “haber es un verbo, a ver es mirar, haver no existe.” ¿Cien? Tal vez mil. 

Desempolvó libros para que los leyese. Los leí. Los resumí. Los estudié. Descubrí que cuando él tenía mi edad la imprenta ya se inventó. 

Me puso, nada más y nada menos, a un Teniente Coronel como profesor de apoyo. Éste lo dio todo para enseñarme a estudiar. Para enseñarme a escribir. Para enseñarme a resumir. Lo medio logró. 

Me corregía cada vez que cometía alguna falta de ortografía. Cada vez que le daba una patada al diccionario. Ya fuese por escrito o hablando. Era ese duende que se posa en tu hombro y te da el rollo cuando menos te lo esperas. 

Una tarde me explicó que “dar por saco” no tenía ningún sentido. Que lo correcto era “dar por culo”. Que como lo dijese delante de él me iba a enterar. 

Que “eres un cachondo” no tenía nada que ver con el significado que yo le quería dar. Que “cachondo” es un perro en celo. (Al final la RAE aceptó el significado al que yo me refería). 

Me mandó a Francia dos veranos a aprender francés. No lo hice. Aprendí a conducir un Peugeot 205 con 14 años. A hacer windsurf. A pedir Coca Cola en francés. 

Me mandó a EEUU dos años a aprender inglés. Lo logré. Me animaba desde España a apuntarme a concursos de relstos cortos. Gané uno. 

Me apuntó a un curso de escritura que ofrecía una editorial. Fui con un compañero de clase. Él lleva tres o cuatro libros escritos. Yo… Yo, ninguno. Yo, un miserable blog que estás leyendo ahora mismo. 

Le acompañé al cierre de la revista durante muchas noches. Corregía. Leía. Releía. Le imitaba. Le copiaba. A veces le avisaba de errores que él no veía. Se excusaba. 

Y hace unos días me propone escribir un libro. Que él me lo ofrezca es como si Messi o Ronaldo me dicen que me compre unas botas y me dedique a correr tras un balón. Él no es Messi ni es Ronaldo, pero es mi Messi y mi Ronaldo. Es mi padre. Así que no me va a quedar otra que planteármelo.  

Del quiosco a la librería

Lees lo que escribe y te puedes echar a reír o a llorar. Tiene ese don que solo algunos tienen de hacerte protagonista de sus propias historias. Le suele escribir a ellas. Pero siempre nos menciona a nosotros. Te pone a parir, a su Él, a nosotros, y encima te mueres de risa imaginando la situación. Cuenta historias. Cuenta anécdotas. Cuenta su día a día. El día que se perdió por culpa de la interminable conversación con su amiga. El partido de pádel. El viaje a Lisboa para ver a su Atleti. El día que su hija le robó el pantalón. Lo cuenta todo.

Nos habla de fundaciones, de ONG, de niños que lo pasan mal, de madres que lo pasan peor. Nos cuenta lo que necesitan. Nos pone fácil ayudar. Lo consigue. 

Se vuelca con sus lectores. Es su propia community manager. Contesta a todos y cada uno de los comentarios que le hacen. Se ríe. Llora. Se troncha. Lo hace saber en sus respuestas. Pasan días y ves como crece su área de comentarios. Leída por muchos. Comentada por todos. 

Y de repente desaparece. Silencio. Vacío. Último post de hace dos meses. Y de repente reaparece. Vuelve. Aluvión de comentarios. Aluvión de “me gusta”. Sus lectores comparten su último post. Atando cabos descubres que el silencio se debe a algo más de lo que cuenta. Deja de escribir en el periódico donde llevaba más años de los que aparenta tener dándolo todo. El periódico donde empezó a desnudarse públicamente. El periódico del que no hacía más que hablar maravillas de él. Todo tiene un fin. No lo cuenta. La imagino incapaz de hablar mal de su casa. De su otra casa. Humildad. Cordura. Prudencia. 

Sí cuenta que pronto se publicará su primer libro. Un libro que estará lleno de ella. De sus aventuras y desventuras que nos contaba. Supongo el libro. Quiero pensar que será como sus columnas. Como sus posts de las redes sociales. Quiero pensar que el libro será, en definitiva, lo que es ella: buen humor, alegría y optimismo. Quiero pensar que ese libro, que compraré en cuanto el encargado de la librería lo saque de la caja de cartón remitida por la editorial, quiero pensar, digo, que ese libro será lo que es su autora, Marta Barroso. Del periódico al libro. Del quisoco a la librería. Pero siempre ella. Siempre tú. Ojalá. 

Si usas facebook puedes encontrarla aquí: https://www.facebook.com/martabarrosoperales donde define su página así: 

Aventuras y desventuras de una mujer trabajadora de mediana edad, fiel al “martirmonio” y con dos hijos “adorablemente adolescentes”.

Little hands

“Yours is the Earth and everything that’s in it,   

    And—which is more—you’ll be a Man, my son!”

Rudyard Kipling – If. 


Escuchando esta canción recordé el poema IF de Kipling. Algún día, en algún momento, me sentaré con cada uno de mis hijos y les haré leer el poema y escuchar la canción. Y si soy capaz, les hablaré yo también. De momento seguiré disfrutando de su inocencia y espontaneidad. 


Little Hands – Inland sky
Little hands
the world is yours
hold it close with open arms

little feet

with miles ahead

take it slow see it all take it in
I see me in you,

you in me

I see me in you,

you in me

I see it in your eyes

I see it in your eyes

little heart

dancing on

so the ins and outs won’t bring you down

little dream
grow up tall

with a little rain

a little sun you’ll feel alive

I see me in you,

you in me

I see me in you,

you in me

I see it in your eyes

I see it in your eyes

little hands

the world is yours

hold it close with open arms

little hands.

La nevera de chocolate 

Recuerdo como si fuese ayer, como si el tiempo se hubiese detenido, que así fue, cuando llamaron al timbre de casa y me tocó a mí bajar a abrir la puerta. Era un mensajero que aparcó su furgoneta blanca en la puerta de casa. Preguntó por mi padre. Le dije que no estaba. Preguntó por mi madre. Acababa de salir. Pidió entonces que le firmase un papel y abrió el portón trasero de la furgoneta. Sacó un carrito de esos con los que llevan los paquetes grandes. Lo dejó en el suelo y subió a empujar hacia el borde una grandísima caja. Era bastante más grande que una televisión. Incluso más que una lavadora. Por el tamaño pensé que sería una nevera, pero la de casa funcionaba y bien. 

Subió la caja a casa y pensando que era un electrodoméstico le hice dejarlo en la cocina. La curiosidad me podía. Llamé a mi padre al trabajo pero no me quiso decir lo que era. Decía que no lo sabía. Eso me hizo volver a la cocina con mis hermanos y allí nos pusimos a darle vueltas a la cabeza… y alrededor de la caja. La CAJA. 

Salimos a jugar. Mi madre no llegaba todavía. Volvimos a casa. Fuimos a merendar y vimos la CAJA. Allí seguía. Ocultando algo. Cogí un cuchillo e hice un pequeño corte en uno de los laterales. No se veía nada. Me fui a buscar a algún hermano. A algún cómplice. Cogí el cuchillo otra vez y le metí un señor tajo cual Z del Zorro. Metí los dedos. Metí la mano. Agarré algo y lo saqué. Era chocolate. Una tableta de chocolate. Mi padre se ha vuelto loco con eso de las ofertas. Ha comprado cientos de tabletas de chocolate. Llegó a casa. Terminamos de abrir la caja y era una despensa móvil de todo tipo de productos de chocolate, yogures, flanes… ¡Acababan de llegar los Reyes Magos a casa! Cuatro hermanos, cada cual más goloso, con chocolate para dar y tomar. 

Hace unos ocho o nueve años volando de Madrid a Milán pasaba por el pasillo del avión y un buen hombre que estaba sentado en un asiento de pasillo me paró. Me preguntó por mi apellido. Que si era hijo de mi padre. Le dije que sí. Que como lo sabía. Algo le hizo pensar que sí. Me dijo que mi padre hizo algo muy bueno en su día por él. Escribió un artículo que le gustó. Y se lo quiso agradecer. Vaya si lo hizo. Fue él quién envíaba esa caja, la CAJA, a nuestra casa. Más de 20 años antes y todavía lo recordaba. Yo nunca pude ni podré olvidar aquél día en que mi casa se llenó de tabletas de todas las formas y colores. 

Me pidió la dirección y se la dí. Le advertí que no me mandase nada. Que aquello ya estaba resuelto. Me dijo que era para enviarme una carta. La carta llegó. Sí. Pero acompañada de 24 botellas de vino. Un vinazo. Mentir no mintió, pero uno no acostumbra a recibir ese tipo de cartas. ¿Por qué? Yo no escribí nada. Le pregunté. Me respondió. Sí, agradeciste mi gesto. Temí entrar en una espiral de regalos-agradecimientos-regalos… por lo que decidí intentar no volver a cruzarme con él. Era fácil. En treinta y tantos años de vida me lo crucé, hasta ese día, dos veces. Fue intentar no verle y apareció otras cuatro o cinco. En distintos lugares. Todas, todas, volví con las manos llenas. En todas ellas habló maravillas de aquel que escribió el artículo. En todas ellas me hablaba como si nos conociéramos de toda la vida. Me agradeció mi trabajo. Me deseaba lo mejor para mi familia. 

No sé si los jueces habrán tenido razón o no. No sé si lo que la prensa dice será cierto del todo o no. Solo pienso que la persona que hoy ha fallecido en un hospital de San Lúcar de Barrameda y que será enterrada en Rota, su lugar natal, fue una bellísima persona conmigo. Tanto él como los hijos, no todos, que tuve la oportunidad de conocer. Descanse en Paz don José María Ruíz-Mateos. Hoy ha muerto el remitente de aquella caja que un día hizo feliz a cuatro hermanos. Hoy ha muerto quien nos mandó la nevera de chocolate.